domingo, julio 20, 2014

NOTICIA 1368ª DESDE EL BAR: FESTINA, MOX NOX ("apresúrate, pronto será de noche")

Pues sigo escribiendo con motivo del cien aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial. El décimo relato que os he escrito pisa territorio ruso, si es que los territorios tienen realmente dueños.




FESTINA, MOX NOX (“apresúrate, pronto será de noche”).


-El hombre social de hoy, adulterado por la morbosa adaptación al capital, viene a ser una mezcla extraña de civilización y barbarismo.

-¿Quién dijo eso? ¿Lenin?

-No, no, Sasha –dijo Yuri Bogdánov-. Es de una revista española. Lo dijo un médico llamado Ramón y Cajal.

-¿Es que los médicos hacen política ahora también? ¡Cómo están los tiempos!

Alexandr Semiónov y Yuri Bogdánov salieron de la casita. El cielo estaba encapotado aquel atardecer. Oscurecería antes que otros días sobre el pueblo. Quizá lloviese o quizá nevase. No habían terminado de torcer el final de la calle cuando Yuri Bogdánov, el hombre joven y enfermizo, se volvió de repente sobre su rumbo.

-¡Ay! –se quejó Alexandr Semiónov-. ¡Me has pisado!

-Perdóname, Sasha. Ha sido sin querer. Es que he recordado que no he cerrado la ventana de mi dormitorio.

-¿A dónde vas? Para. No vuelvas a casa. Trae mala suerte. Y deja que te pise.

-¿Cómo puedes creer aún en esas supersticiones? –dijo Yuri Bogdánov a su antiguo maestro, con el que ahora convivía en su hogar.

-Vamos, pon tu pie.

Yuri dejó pisarse suavemente por aquel hombre de tripa redonda y poblado bigote blanco. Se conformó con no regresar al hogar para cerrar la ventana y siguieron su camino. Su viejo profesor había declarado a favor de su incapacidad para ir a la guerra. La enfermedad que poco a poco le destrozaba los pulmones también había sido certificada por los médicos. Desde entonces aquel hombre le había dado una habitación y múltiples cuidados, a pesar de que no era un hombre de temperamento fácil. Sus padres le habían encomendado con él. El viejo profesor les había prometido cuidarlo a la par que le daría un oficio y evitaría que fuera al ejército para servir al zar. Así estaba siendo. Hacía ya dos años que el joven y pajizo Yuri Bogdánov trabajaba en su casa como si fuera una extraña mezcla de asistente personal y a la vez el hijo que jamás tuvo aquel hombre. No había sido el mejor alumno de su escuela de niño, tampoco el más obediente, y sin embargo le había tomado un cariño casi familiar.

-¿Desde cuándo lees prensa extranjera? –le preguntó el viejo maestro con su voz engañosamente huraña.

-No lo hago, me lo leyó un oficial de permiso que viajó a España. Me regaló la revista donde estaba. Se llama “Escuela libre”, pero era un número antiguo, de 1911.

-Nunca me cuentas nada a tiempo. ¿Sigues teniendo la revista?

-Sí, en mi cuarto.

-Me gustaría leerla. Me importa un rábano las opiniones marxistas de ese médico, pero si la revista tiene por nombre “Escuela libre” quisiera saber qué dicen sobre la educación al otro lado de Europa.

-Pero está en español. No está siquiera en cirílico.

-Llevamos ya dos años de guerra, leería cualquier periódico que no hable de muertos y batallas. Estoy tentado de suscribirme a una gaceta agrícola –el profesor siempre hablaba con un falso tono de mal humor.

Los dos hombres encaminaron varias calles cortas. Atravesaron la plaza que daba acceso a las últimas calles del pueblo, justo las que llevaban al camino leguminoso cuyo único sentido era adentrar a las personas en el cementerio donde descansaban generaciones y generaciones de las gentes de allí, con sus vidas sepultadas bajo lápidas donde los nombres mostraban los muchos lazos de unión entre las pocas familias de aquella población de hombres del campo. Iban dejando atrás las casas en dirección a la verja del campo santo, mientras algunas bandadas de pájaros volaban bajo y alborotadas. Pudiera ser un presagio de lluvia. Se les cruzó una mujer enlutada que venía del cementerio. Era la vieja Marina Gólubeva acompañada de su sobrina, regresaba de poner flores en la tumba de su hijo mayor. Había muerto en combate ensartado en la lanza de un ulano cuando la caballería austriaca asaltó a su batallón en Galitzia. Habían enviado su cuerpo a su pueblo natal, donde le dieron sepultura según los ritos ortodoxos en aquel lugar donde descansaban los huesos de sus abuelos, de sus bisabuelos, de sus tatarabuelos, y, en fin, de tantos de sus antepasados que habían llevado hasta entonces vidas tranquilas, apegadas a la tierra y sus rudezas, no sin haber pasado todos ellos grandes necesidades, pobreza y hambres. Ahora también todos ellos estaban igualados bajo un mismo suelo.

-Buenas tardes, Marina Gólubeva –saludaron el maestro y el protegido mientras se quitaban sus sombreros en señal de respeto.

-Buenas tardes –respondió la mujer bajando la cabeza un poco en señal de saludo.

-Le di mucho pan blanco a Mijail para usted cuando supe lo de su hijo mediano –dijo respetuoso el profesor.

-Gracias, señor Alexandr –contestó ella con un pequeño sollozo. Recordaba aquel regalo que le trajo su hijo menor.

-No pretendía hacerla llorar.

-No se preocupe, es normal. Esta segunda muerte está aún muy reciente.

-¿Y sabe ya cuando llegara el cuerpo al pueblo?

-La semana que viene, me han dicho.

-Al menos los dos hermanos no han sido enterrados en fosas comunes lejos de los suyos. Lo siento mucho, señora Marina Gólubeva. ¿Cómo está su esposo?

-Tiene que trabajar –dijo con algunas lágrimas en los ojos-. El mundo sigue y no queda otra.

-Sí.

-¿Va a la sepultura de su esposa?

-Sí, como cada día.

-Su enfermedad fue horrible. Pero ya descansa –Marina Gólubeva reparó en que era el amarillento Yuri Bogdánov quien acompañaba a Alexandr Semiónov y añadió con cierto deseo de salir del paso-. Afortunadamente los médicos saben ya muchas cosas para nuestros males.

Yuri Bogdánov asintió con la cabeza. Aunque la mujer no le había mirado directamente a él sabía que se lo decía a él. Su enfermedad iba a ser curada, al menos eso le habían dicho en sus últimas revisiones, pero su tratamiento era lento. Años antes hubiera muerto irremediablemente. Era una prodigiosa suerte que tuviera aquellos tratamientos que en buena parte pagaba su protector. Muchos médicos habían sido movilizados para ir al frente. Allí apenas tenían tiempo para curar realmente a los heridos, ejercían más de aserradores de miembros que de regeneradores. La ciencia médica era en esos momentos una gran escuela de mutiladores, y por ello era una suerte que él pudiera gozar en aquel pueblo tan alejado de las balas de un médico que conocía tanto como todo aquello que él necesitaba para no morir por el mal de sus pulmones. Él sabía de la mucha suerte que la vida le estaba brindando en aquellos años. Era el único varón joven que quedaba en el pueblo, así pues también el resto del pueblo sabía de su suerte. Era no sólo el hijo de sus padres, o el hijo no tenido del viejo maestro de la escuela, era el hijo querido de todo el pueblo. No había madre que no viese en él a su hijo. Todas le trataban como si trataran a su hijo, al menos como a ellas les gustaría que estuvieran tratando a sus hijos en aquellos momentos críticos. Sus hijos probablemente yacían en esos momentos en los campos de combate, o quizá habían muerto de frío y hambre. Pero eso, muchas, aún no lo sabían. Sólo sabían que allí quedaba un joven tan joven como su propio hijo, y todas le querían, pues todas querían a su hijo.

Marina Gólubeva acarició la cara de Yuri Bogdánov. Siguió su camino con su sobrina y dejaron marchar hacia el cementerio al profesor con el joven Yuri.

-Una mezcla extraña de civilización y barbarismo –dijo pensativo el viejo profesor al acercarse a la puerta del cementerio-, ese médico español no será Lenin, pero sabe de lo que habla.

El cementerio estaba construido en una superficie plana en pendiente hacia arriba. Las cruces ortodoxas de las tumbas eran blancas, contrastaban con el cielo plomizo de esa tarde y el color pardo de los pasillos de tierra y moho entre las fosas. Algunas piedras de los enterramientos más antiguos tenían hongos que les daban cierta solemnidad. Sólo entrar en aquel lugar implicaba asumir un respeto silencioso sin reflexionar siquiera su porqué, aunque todo el mundo al entrar conocía perfectamente su porqué.

-Nada debe haber más espantoso en nuestros días que morir ensartado en un palo largo –dijo el viejo maestro rompiendo el silencio-. En otras épocas era una forma normal de hacer la guerra, pero en las nuestras se tendría que haber superado. Ya hay aviones y cañones y ametralladoras… Y luego está lo de los caballos, ¿qué culpa tendrán esos seres inocentes? Porque también mueren los caballos. ¡Oh, sí! También lo hacen. Aunque si te digo la verdad, Yura, las armas de ahora son más criminales que las de antes. Esos gases asfixiantes… ¿desde cuándo es noble matar a tu enemigo así, sin darle oportunidad de defenderse, sin que pueda saber quien le ha matado? Y esas bombas… Ojalá no tengas que ver esas bombas, Yura. Pobre Marina Gólubeva. ¡La guerra es un crimen!

-Aquí está la sepultura, Sasha –dijo Yuri Bogdánov cuando llegaron a la tumba de la esposa del profesor.

-Lo sé, lo sé. ¡Diablos! Vengo todos los días desde que murió. ¿No voy a saberlo? –Anda ve a presentar nuestros respetos al hijo de Marina Gólubeva, déjame un rato a solas con Olya.

Yuri Bogdánov dejó allí a aquel hombre con su esposa. La tumba del hijo de Marina Gólubeva estaba algo más lejos. El cementerio no era muy grande, pero contaba con una cripta en su centro. Pertenecía a la única familia acaudalada del pueblo. La entrada a la cripta tenía una pequeña capilla de ladrillo rojo rematada por una cúpula bulbosa. Detrás de aquella estructura coronada por otra cruz de doble aspa estaba la tumba de aquel soldado. Se había llamado Dmitry. Yuri lo había conocido. Habían sido compañeros en la escuela del señor Alexandr Semiónov. Dmitry había sido uno de los alumnos más aplicados. Había sido el primero en aprender a leer, también había sido el chico más acertado cuando había que solucionar problemas matemáticos. Su modesta familia se hubiera podido plantear enviarlo a San Petersburgo a estudiar. Ahora la ciudad se llamaba Petrogrado, porque el nombre de Petersburgo les recordaba a los rusos un parecido demasiado grande con los alemanes. Así que el Gran Padre, el zar Nicolás II, había eliminado el nombre de San Petersburgo, pero para que pudiera seguir advocada a San Pedro le puso aquel nombre de Petrogrado. Sin embargo, Petrogrado estaba muy lejos, y las posibilidades del futuro de Dmitry se habían quedado allí, en aquel pueblecito, bajo la tierra de los suyos, gente sencilla que no había conocido tampoco en toda su vida las grandes construcciones de aquella ciudad que regía los destinos de sus vidas. Esa era la realidad actual, aunque la realidad exacta es que un ulano austriaco a caballo había matado con su lanza a Dmitry en Galitzia, justo cuando este huía despavorido corriendo junto al resto de sus compañeros. La gran mayoría de aquellos chicos habían aprendido también matemáticas y habían leído las poesías de las que se enorgullecía la lengua rusa, pero los austriacos les habían segado la vida. Uno tras otro, o quizá a todos a la vez.

La tumba de Dmitry marcaba comienzos de septiembre de 1914 como la fecha de su muerte. Ahora enterrarían a su lado a su hermano. En esa nueva cruz se escribiría 1916. En dos años Marina Gólubeva había perdido a sus dos hijos mayores, sólo le quedaba ya su hijo menor, pero Mijail entraría en edad suficiente para ser llevado con las tropas dentro de muy poco tiempo. Era una familia con una gran tragedia encima. Durante generaciones se habían preocupado de cultivar su tierra y vender los productos de su trabajo. Ahora, toda una estirpe de gentes del campo corría el riesgo de extinguirse en aquellos tiempos cruciales en los que el emperador luchaba contra otros emperadores. La mayor riqueza de la tierra yacía en la tierra enterrada, como siempre había hecho. Muy lejos de todo aquello estaba Petrogrado, sus palacios, templos, los mítines ilegales que los obreros daban por las calles y la guardia, siempre la guardia, con sus fusiles con la bayoneta calada.

Comenzaba a aumentar el frío. Una niebla bajaba del monte anunciando un atardecer prematuro. Yuri tomó unas florecillas que habían depositado en otra tumba para dejarlas sobre la tumba de su antiguo compañero de colegio, pero las volvió a dejar donde estaban de manera rápida, apenas las había levantado unos centímetros de su sitio. No era correcto robar a los muertos. A pesar de que no creía en las supersticiones ni en los misticismos, ya no, salía de su interior no honrar a unos robando a otros. Arrancó unas flores salvajes que crecían en la base de la pared trasera de la cripta y las acercó hasta la tumba de Dmitry. El montón de tierra que sepultaba su ataúd era gredoso.

Allí permaneció en pie pensando sobre la muerte. Comenzaba a sentir un cierto dolor en el pecho. Sacó un pañuelo de su bolsillo y tosió. Había unos restos de sangre, pero ahora ya no eran tantos como antes. Miró la sangre, dobló el pañuelo blanco y volvió a meterlo en el bolsillo. Debían bajar a la casa antes de que la niebla ocupara todo el pueblo. El viejo profesor se tomaba su tiempo. Hablaba con la tumba de su difunta esposa. A veces habían estado una hora allí. Probablemente le hablaba a un montón de tierra, como mucho a unos restos, pero aquel hombre estaba convencido de que no era así, hablaba con su esposa. Le ponía al día de todo. En estos últimos tiempos, de haber tenido oídos útiles, ella ya sabía con todo lujo de detalles sobre quien era él y sobre su relación con el que fue su esposo. Pasaron veinte minutos. La niebla ya era bastante espesa, aunque aún no era totalmente profunda. Había que bajar. Aquello no podía ser bueno para sus pulmones. El profesor lo sabía. Yuri Bogdánov se había sentado frente a la tumba de Dmitry, apoyando la espalda en la pared de la cripta de donde había cogido las flores.

-Eram quod es, eris quod sum –sonó la voz del viejo Alexandr Semiónov apareciendo sus pies al lado de él-. ¿Qué he dicho?

Yuri Bogdanov se levantó, comenzaba a temblar de frío y los tosidos habían aumentado.

-No lo sé, Sasha.

-Sigues sin hacer tus ejercicios de latín. Serás el mismo mendrugo de siempre en la vida si sigues así. He dicho: yo era lo que tú eres, tú serás lo que yo soy. Te he encontrado muy pensativo frente a la tumba del pobre Dmitry. Era amigo tuyo en la escuela. Lo recuerdo.

-Sí, Sasha, éramos amigos. Pero ahora él ya no está.

-Mors ultima linea rerum est. De Horacio. La muerte es el límite final de las cosas. Pero te equivocas, como se equivocaba Horacio. Querido Yura, hay algo más.

-Si lo hubiera no nos dejaría morir –dijo Yuri tosiendo de nuevo.

-Te equivocas, Yura. No nos deja morir, nos abre la puerta a su Reino. Sé que no crees en la vida del Más Allá, pero tú, y los que te han hablado de estas cosas, os equivocáis. No estamos aquí por nada. No sabemos muy bien porqué estamos, pero estamos.

-Pero, Sasha, ¿no es absurdo creer en todo esto? Esa creencia en otra vida mejor sólo nos adormila para que aceptemos vivir tan miserablemente como vivimos mientras otros viven a costa de nosotros. Es la misma creencia que nos lleva a estas guerras que ahora están llenando de sangre los suelos. Dmitry ha muerto engañado, como tantos otros. Ni el zar es un gran padre, ni Dios bendijo su muerte. Cientos de soldados lo comprenden y abandonan los frentes, vuelven a sus pueblos, porque es aquí donde realmente se hacen las cosas importantes, cultivando las tierras, cuyos frutos dan la vida. Sus frutos alimentan más que las misas.

-¡Eres un descreído y un insurrecto, Sasha! ¡Para qué te estoy educando, descarado! Post mortem nihil, ipsaque mors nihil. Esa, esa es la frase que a ti te gusta más. Las viejas palabras de Séneca, después de la muerte nada; y la misma muerte no es nada.

-Me acuerdo de una de las frases que me has enseñado, Sasha, ab una pendet aeternitas: la eternidad depende de una hora –volvió a toser con el pañuelo en la boca-. No quiero ofenderte querido protector, pero ya sabes cómo pienso. Todo depende de una hora, de la última hora. Dmitry sin duda ya ha alcanzado su eternidad. Será recordado por una lanza. Ninguna otra gloria, salvo la de su madre, que le recordará a sus pechos y en sus primeros pasos. ¿Dónde estaba el zar entonces?

-Anda vámonos, gran ateo. Estás tosiendo más. No sea que tu hora sea esta. Haremos sopa caliente para comer. Además la niebla se está volviendo muy blanca y no quiero que se cierre del todo en torno nuestra, que aún tenemos camino. Dame tu brazo.

Yuri le dio su brazo y Alexandr se cogió de él para iniciar la bajada del cementerio para ir al pueblo. La niebla ya estaba espesándose bastante. Marcaba el camino las cruces de doble aspa de cada tumba. Un gato les pasó corriendo por delante.

-¿Era negro? –preguntó el viejo profesor.

-No, creo que era pardo –dijo el alumno.

-Sigamos, sigamos.

Dieron unos pasos más y un nuevo golpe de tos les hizo pararse para limpiar la sangre con el pañuelo.

-Será mejor que vayamos más rápido para que estés caliente en casa. Yo haré la sopa, gran descreído –dijo el profesor con un cariño oculto en tosquedad.

Llegaron a la puerta de la verja del campo santo. El camino hacia el pueblo se veía ya con una niebla bien formada. El atardecer había llegado antes definitivamente y la noche se intuía adelantada. Atrás quedaban los muertos del pueblo, y por delante el camino hacia el pueblo con los vivos. Dmitry descansaba en su humilde tumba señalada por una cruz blanca detrás de la cripta de los más ricos del pueblo. Descansaba con sus historias de balas zumbando y austriacos a caballo. Muerto por ellos, luchando por él, huyendo por su vida. Pero aquel soldado también descansaba con sus multiplicaciones infantiles bien resueltas a lapicero y su rapidez para leer. Sus sumas y sus restas dormían eternamente junto al aprendizaje para detonar bombas de mano y usar cuchillos para cazar humanos. Yuri Bogdánov miró hacia el interior del cementerio. La niebla ya impedía ver algunas hileras de tumbas, las más altas. Avanzaba rápida. Volvió a ver al gato corriendo entre las cruces. Se perdió por detrás de la cripta, por donde debía estar Dmitry. Allí la niebla tenía un aspecto extraño. Se había formado como una columna más espesa. Blanca, flotando etérea. Tuvo otro golpe de tos y al volver a fijar la mirada en aquel punto le pareció que la niebla llevaba un uniforme pardo con su gabardina gruesa y su gorro de piel, una granada de mango colgando de su cinto y el fusil al hombro. Dmitry, con los ojos ahuecados le miraba triste antes de disolverse.

-Vamos, Yura, no te pares –Alexandr le tiró del brazo para seguir el camino.

Yuri Bogdánov, se frotó los ojos con una mano. Se fijó en aquel lugar otra vez. Sólo había niebla, cada vez más espesa, ocultando las tumbas de los muertos.

-Sí, vamos. Necesito entrar en calor –dijo el joven enfermizo.

Caminaron hacia el pueblo.

-Ah, el recuerdo de los muertos… Una vez fueron vivos, Yura, una vez fueron vivos.



Por Daniel L.-Serrano “Canichu”
Alcalá de Henares, 20 de julio de 2014. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

miércoles, julio 16, 2014

NOTICIA 1367ª DESDE EL BAR: ARREBATO EN UN ACTO



La novena entrega por el cien aniversario del inicio de la Primera Guerra Mundial que os he escrito es una obra de teatro en un sólo acto. Saludos a todos y que la cerveza os acompañe.


ARREBATO EN UN ACTO


Personajes, por orden de aparición:

MELANIJA KOLUVIJA
DAVID KOLUVIJA (hijo de Melanija)
DANILO ZUROVAC
EVANDER SIFAKIS
IONA PAPADOPOULOS
APOSTOLOS PAPADOPOULOS (hermano de Iona)


ACTO PRIMERO (único)


ESCENA PRIMERA

(David Koluvija y Melanija Koluvija. Él es hijo de ella. Él es calvo, de mediana edad y delgado. Ella es algo obesa y mayor. Están en el interior de una cabaña muy rústica de madera. Hay una sola sala que hace de cocina, salón y dispone de dos catres para dormir. A la derecha hay una puerta que va al retrete, a la izquierda una puerta interior comunica con la leñera. En el fondo se ve la puerta que da a la calle y las ventanas, que están cubiertas de nieve y dejan ver el fin de una nevada. Es de día. Hay una chimenea, una mesa y tres sillas, que es donde están sentados los personajes. Sobre la mesa hay los platos vacíos de una comida, una tetera y unos vasos usados. También hay un periódico.)

MELANIJA KOLUVIJA
(Recogiendo los platos y llevándolos a una palangana con agua)
Yo me voy a ir a dormir. (Deja los platos y se tumba de costado sobre uno de los catres)

DAVID KOLUVIJA
(Para sí mismo)
Eso, comer y dormir, como los cerdos.

(Melanita Koluvija le ha oído, pero no dice nada, sin que le vea, llora).

DAVID KOLUVIJA
(Hablando solo)
Qué desgracia de madre tengo. No me quiere nada. Es una elitista. Llevo su apellido porque mi padre me lo puso. Esto no es una familia.

(Melanita Koluvija solloza y él la oye, pero ni siquiera se gira a mirarla)

DAVID KOLUVIJA
Eso, hazte la víctima encima. Yo soy el que trabaja. ¿Qué haces tú? Estás todo el día aquí o con las vecinas. Menuda cosa asquerosa has cocinado. ¿Eso es cerdo? No sabes hacer nada.

(Coge un periódico y prosigue disertando).

DAVID KOLUVIJA
Al otro si que le querías. Si os creíais que era tonto. Pero a mí no me engañasteis. Que bien me quedaba a escucharos debajo de la ventana y detrás de la puerta cuando fingía que salía a hacer mis cosas. Queríais la casa para vosotros. Nunca estabais juntos si yo estaba en la casa. Qué rápido que se iba él siempre cuando yo entraba, pero bien que os he visto juntos más de una vez, ¡y hablando! Sólo me querías por los recados. Si no soy tonto. Eres muy falsa. Traidora. Que tenías que haberle dado la espalda a ese… Si sólo me utilizabas. Que no me quieres nada. Que luego bien que estabais bien cuando yo no estaba. Si viviera padre… entonces, entonces… si viviera padre.

(Melanita Koluvija da otro sollozo que trata de ahogar y él con total indiferencia está ahora sentado e inclinado sobre la mesa leyendo el periódico, hay silencio tan frío como la nieve que ha terminado de cesar).


ESCENA SEGUNDA

(Entra Danilo Zurovac, un hombre con entradas de calvicie y gafas, se sacude los pies y se quita el sombrero y el abrigo, que deja en un perchero).

DANILO ZUROVAC
Hola. Ha dejado de nevar.

DAVID KOLUVIJA
Hola. ¿Estaba la puerta abierta?

DANILO ZUROVAC
Sí. Por eso entré. Vi luz y la puerta abierta. Pensé que estaríais aquí. ¿Tu madre está durmiendo?

DAVID KOLUVIJA
Se acaba de acostar. Hemos terminado de comer. Si quieres un té caliente aún debe quedar algo en la tetera.

DANILO ZUROVAC.
Sí, vengo con frío. (Se lo sirve él mismo)

DAVID KOLUVIJA
¿Qué se sabe de la guerra?

DANILO ZUROVAC
Los austrohúngaros se han retirado, pero el frente está estancado, quizá tengamos que retirarnos nosotros como vengan los alemanes.

DAVID KOLUVIJA
¿Seguimos sin tropas griegas?

DANILO ZUROVAC
Da igual, los serbios somos suficientes para defender nuestra nación.

DAVID KOLUVIJA
Tú eres montenegrino.

DANILO ZUROVAC
Y tú eres un actor. Vayamos a nuestros asuntos. Cierra ese periódico.

(David Koluvija cierra el periódico y comparte la mesa con Danilo Zurovac, que se sienta a su lado)

DANILO ZUROVAC
¿Tienes trabajo?

DAVID KOLUVIJA
No lo encuentro.

DANILO ZUROVAC
(Sacando y extendiendo papeles muy doblados del interior de su chaqueta) Tengo uno para limpiar unos baños públicos.

DAVID KOLUVIJA
Bueno no es exactamente…

DANILO ZUROVAC
(Eligiendo otro papel, a cada oferta que le haga será un papel nuevo) Podría lograrte otro de cartero en el pueblo.

DAVID KOLUVIJA
No me veo, yo quisiera otra cosa.

DANILO ZUROVAC
Ya. También rechazaste el de aprendiz de herrero y el de escribiente de cartas.

DAVID KOLUVIJA
Verás, yo aspiro a hacer más.

DANILO ZUROVAC
(Guardándose los papeles) Conozco dos escuelas donde podrías dar clases a los niños para que aprendieran a leer y escribir. No creo que me fuera difícil recomendarte.

DAVID KOLUVIJA
No soporto a los niños. Una vez interpreté un personaje de cuento que les era muy simpático. Venían todos a sentarse en mis rodillas, pero no los soporto. No les aguanto. Me cansan. Me agobian… Si hay que comer interpreto esos papeles, pero de maestro… no.

DANILO ZUROVAC
¿Y de conserje del ayuntamiento? Sólo abrirías las puertas y las ventanas, arreglarías un poco lo que te dijeran, poca cosa

DAVID KOLUVIJA
(Mirando hacia otro lado) Si hay que comer, de algo hay que trabajar.

DANILO ZUROVAC
Tú lo que quisieras ser es actor.

DAVID KOLUVIJA
(Volviendo a mirarle a la cara) Soy actor. Trabajo de eso… aunque ahora no haya trabajo.

DANILO ZUROVAC
¿Dónde está tu compañía de teatro?

DAVID KOLUVIJA
Ellos han sido movilizados al frente. Ellas se han ido con sus familias. Yo no pude ser alistado, ya sabes mi dolencia… Y mi madre, que es viuda… y se murió mi hermano… Nuestra situación.

DANILO ZUROVAC
Viva la generosidad de los serbios. Eres importante en esta casa. Está claro. Tu madre te necesita.

DAVID KOLUVIJA
(Sin mirarla) Sí, no puedo irme y dejarla sola. Yo la traigo y la llevo a los sitios.

DANILO ZUROVAC
Pues la verdad es que hoy sí traigo un trabajo de actor. Pero me lo quise reservar para el final.

DAVID KOLUVIJA
(Con ilusión) ¿De qué se trata?

DANILO ZUROVAC
De trabajar para la patria.

DAVID KOLUVIJA
(Se levanta como ofendido, siempre evitando pasar por el lado de la casa donde estrá su madre tumbada) Te ríes de mí.

DANILO ZUROVAC
No.

DAVID KOLUVIJA
(Con un tono serio y seco) ¿Me movilizan?

DANILO ZUROVAC
No, en el sentido convencional, no. Pero sí, te movilizan. Han venido conmigo dos hermanos griegos, una chica y un chico. Tienen que llegar a Albania y tomar un barco a Italia. Es de vital importancia. Alguien del gobierno se ha molestado mucho en su viaje. Hemos pensado que duerman contigo, te hagas su amigo y les preguntes algunas cosas que podrían interesarnos.

DAVID KOLUVIJA
(Interesado pero aún no del todo) ¿Qué clase de cosas?

DANILO ZUROVAC
Nuestras milicias quieren saber algunos porqués del interés del gobierno de Serbia en que dos griegos lleguen a Italia. Aunque sean aliados.

DAVID KOLUVIJA
Yo podría ser su benefactor.

DANILO ZUROVAC
Elige tu papel. Yo les he dicho que eres un hombre de dinero que vive en una cabaña humilde por voluntad propia. Quizá se sientan en mayor confianza si creen estar entre uno de los suyos. Ellos son ricos.

DAVID KOLUVIJA
(Ilusionado del todo) Yo un hombre rico… Ja, ja, ja… Pero si ya ves que apenas gasto dinero y tengo que vivir aquí.

DANILO ZUROVAC
Interprétalo y te pagaremos bien.

DAVID KOLUVIJA
Será un gran papel.

(Ambos se dan la mano.)

DANILO ZUROVAC
(Antes de salir por la puerta dice con media sonrisa)
Te pagaremos con lo mejor que se te puede pagar, el honor de haber servido a Serbia. Ya ves, y sin ir a primera línea de frente como fue tu hermano.

(Danilo Zurovac sale por la puerta que da afuera.)


ESCENA TERCERA

(Sólo David Koluvija y su madre acostada. Él no para de dar vueltas por la habitación irritado y lleno de odio por lo último que ha dicho.)

DAVID KOLUVIJA
¡Soy mejor actor de lo que tú te crees, Danilo Zurovac! Llevo años ahorrando tanto dinero e invirtiéndolo tan bien que no necesito de ninguno de vuestros asquerosos trabajos. Mi hermano se merecía su muerte por borracho. ¡Siempre de fiesta con los amigos! Debería haberse quedado aquí, en casa, como yo, que no he malgastado ni una moneda en diversiones idiotas. Ahora él está donde debe. Maldita familia. Demasiado le dio la razón mi padre en sus fiestas, por eso le hundí sus costillas como te las hundiría ahora mismo a ti, Danilo Zurovac. Nadie sabe que tengo dinero, y ese es el secreto de mi victoria sobre todos vosotros. Yo tendré siempre un techo y vosotros… una tumba, quizá una fosa donde agruparos. Allá vosotros con la guerra. ¿Queréis algo gratis? Siempre pedís cosas gratis. Queréis favores y más favores… Actúa para los niños, actúa para los viejos, actúa para el sindicato, actúa para la nación, actúa, actúa, actúa… siempre con favores gratis. ¿Pero quién me hace favores a mí? Sois todos unos mierdas. Unos mierdas. Que nunca dais nada. Menudos sois vosotros.

(Melanija Koluvija se revuelve en la cama y se arropa con una manta.)


ESCENA CUARTA

(Entra Danilo Zurovac con los hermanos Iona y Apostolos Papadopoulos. Ellos son jóvenes, pero no adolescentes. Iona es delgada, pelo oscuro y ojos claros. Apostolos es de constitución fuerte y mandíbula cuadrada, traen unas maletas que dejan a un lado y sobre ellas su ropa de abrigo).

DANILO ZUROVAC
Señor David Kulovija, estos son los hermanos Iona y Apostolos Papadopoulos. Espero que pasen buena tarde y buena noche juntos.

(Se dan la mano todos)

IONA PAPADOPOULOS
(Muy educada)
Encantada)

DAVID KOLUVIJA
(Con una sonrisa) Igualmente.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
(Muy educado) Encantado.

DAVID KOLUVIJA
(Con la sonrisa) Lo mismo digo.

DANILO ZUROVAC
Pues bien, vendré a recogerles mañana por la mañana, sobre las nueve. Tenemos aún un tramo duro, y con la guerra nunca se sabe

(Le da una palmada en el hombre a Apostolos, se despiden todos y sale por la puerta)


ESCENA QUINTA

(Iona y Apostolos Papadopoulos, David Koluvija y Melanija Koluvija. Iona se fija en Melanita.)

IONA PAPADOPOULOS
¿Está enferma?

DAVID KOLUVIJA
(Con un tono de voz muy amable) No. Es mi madre. Habíamos comido y se ha tumbado a dormir un rato. Le gusta dormir después de comer. Yo la dejo. No hay mucho que hacer.

(Se fija en los bultos de ellos y los coge)

DAVID KOLUVIJA
Será mejor que lleve esto a la leñera. Nos sirve de cuarto para guardar las cosas, así que allí estará bien.

(Sale del escenario en dirección a la leñera. Los dos hermanos se quedan solos mirando por todos lados sin moverse del sitio hasta que regresa David Koluvija).

DAVID KOLUVIJA
No se preocupen si ven sólo dos catres. Tenemos dos colchones más en la leñera. Eran de mi padre y de mi hermano, los sacaremos por la noche para poder dormir todos cómodamente. La casa es humilde, pero les aseguro que no les faltará de nada.

IONA PAPADOPOULOS
(Curiosa) ¿Su padre y su hermano no vendrán luego a acompañarnos?

DAVID KOLUVIJA
(Intentando aparentar que no ha sufrido un desconcierto con la pregunta) No, ellos no están.

IONA PAPADOPOULOS
Oh, perdone. Pensé que quizá estaban en algún tipo de negocio en los alrededores.

DAVID KOLUVIJA
No… no… Ellos han muerto.

IONA PAPADOPOULOS
(Totalmente curiosa) ¿La guerra?

DAVID KOLUVIJA
(Con cierto nerviosismo) Sus cosas.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Perdone a mi hermana. Es muy curiosa. (La reprende apretándola con cariño un codo)

IONA PAPADOPOULOS
(Sin hacer caso excesivo al apretón del codo y sin deshacerse de la mano de su hermano) ¿Cómo se llama su madre?

DAVID KOLUVIJA
Melanija. Melanija Kulovija. El apellido es suyo. Los padres serbios pueden elegir si sus hijos llevan su apellido o el de la madre. Mi padre eligió el de ella para mí.

IONA PAPADOPOULOS
Melanija… ¿es también griega?

DAVID KOLUVIJA
No. No. Ella es serbia también. Aquí ese nombre nos es igualmente común.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
(Familiar pero tajante, soltándola el codo) Basta de preguntas, Iona. No incomodes a nuestro anfitrión.

 DAVID KOLUVIJA
No se preocupe, amigo, ¿puedo llamarle amigo? A mí me gustan las conversaciones. La guerra ha alejado a los forasteros de este lugar y no hay mucho de lo que hablar. El casino está tan vacío estos días…

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
¿Va usted al casino?

DAVID KOLUVIJA
Claro, cuando me acerco a la ciudad y salgo de estos pueblos. Y al Ateneo. Me gusta relacionarme con buena gente. Con gente que entiende las cosas.

IONA PAPADOPOULOS
Ya nos dijo el señor Zurovac que usted es una rara avis, que podría vivir en una mansión.

DAVID KOLUVIJA
Tanto como en una mansión… (sonriendo). Digamos que no me gusta vestir con batines por mi casa. Quiero ser un hombre del campo, del pueblo.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
¿Y no tiene miedo del frente?

DAVID KOLUVIJA
No. Los serbios sabemos defendernos. Hasta ahora sin ustedes les hemos hecho retroceder.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
(Gallardo, herido en su amor patrio) Los griegos estamos taponando a los turcos y a los búlgaros para que no les hagan una pinza a ustedes en su retaguardia.

IONA PAPADOPOULOS
Oh, no empieces Apostolos…

DAVID KOLUVIJA
(Afable) No importa. Ustedes son jóvenes, son impulsivos por naturaleza. ¿Qué les parece si saco un poco de vino que guardo?

IONA PAPADOPOULOS
Estaremos encantados de compartir esa copa.

(Apostolos asiente)

DAVID KOLUVIJA
Pues siéntense por favor y continuaremos esta charla más amigablemente. Me gustaría saber tantas cosas de la guerra.

(Los hermanos se sientan y David vuelve a salir por la puerta que da a la leñera).


ESCENA SEXTA

(Los hermanos hablan entre sí sentados a la mesa)

IONA PAPADOPOULOS
Deberías ser más amable.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Y tú. No has parado de molestarle con tus preguntas.

IONA PAPADOPOULOS
Yo quería ser amable interesándome por su madre. Tendremos que conocerla cuando despierte. Piensa que ella no sabe que hemos venido.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Pues no me digas cómo debo comportarme. Siempre igual. Te recuerdo que sólo me sacas un año, pero yo soy el hombre.

IONA PAPADOPOULOS
“Pero yo soy el hombre”. ¿Y dónde está la pelusa de tu bigotito? (riendo)

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
(Molesto) En Italia ya te haré aprender. Papá te dejó a mi cargo

IONA PAPADOPOULOS
En Italia me defenderá un napolitano que me tomará por la cintura como un corsario.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Ten respeto a la familia. En este viaje yo soy tu padre.

IONA PAPADOPOULOS
“En este viaje yo soy tu padre”. ¡Y yo tu madre! (Riendo)

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Calla. Vas a despertar a la señora.

(Melanija se vuelve a remover haciendo un ruidito como acurrucándose en la manta, aunque en realidad nunca ha estado dormida. Los dos hermanos vuelven a esperar mirando distraídamente la habitación, cada uno a un lado. Por una de las ventanas se ve la silueta de alguien que lleva desde la escena anterior mirando y escuchando escondido a través del cristal.)

IONA PAPADOPOULOS
¡Apostolos, afuera hay alguien!

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
No digas tonterías.

IONA PAPADOPOULOS
Yo he visto a alguien.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Será el señor Zurovac, que habrá regresado por algo.

IONA PAPADOPOULOS
¿Le abrimos?

(Apostolos se levanta y se dirige a la puerta cuando regresa con una botella de vino y un vaso más David Kulovija)


ESCENA SÉPTIMA

(Apostolos ha detenido su acción mientras David deja la botella y los vasos en la mesa)

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
Mi hermana vio a alguien afuera. Creemos que es el señor Zurovac, iba a abrirle.

DAVID KOLUVIJA
¿Llamó?

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
No.

DAVID KOLUVIJA
Pues no abras.

(Abre la botella de vino con un sacacorchos ante la mirada de Iona, él se fija en la mirada de ella).

DAVID KOLUVIJA
Nunca se sabe quién puede ser realmente. Esta casa está apartada.

IONA PAPADOPOULOS
Pero, ¿y si es el señor Danilo Zurovac?

DAVID KOLUVIJA
(Dejando la botella abierta sobre la mesa.) Está bien, miraré yo. Quédense aquí, por favor.

(Apostolos le abre la puerta y David Kulovija sale. Melanija se revuelve en el catre y se da la vuelta dando ahora la cara hacia ellos)

IONA PAPADOPOULOS
Cierra la puerta, Apostolos. La señora puede coger frío. Es muy mayor.

(Apostolos cierra la puerta, los dos hermanos se acercan a la ventana a mirar).


ESCENA OCTAVA

(Entra David Koluvija acompañado de Evander Sifakis, un griego gordo peinado a raya y con un gabán con un cuello de pelo animal).

DAVID KOLUVIJA
Este es el señor Evander Sifakis. Griego como vosotros.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
No, como nosotros no.

DAVID KOLUVIJA
Os ha estado siguiendo muchos kilómetros hasta aquí.

IONA PAPADOPOULOS
Nos lo podemos imaginar.

DAVID KOLUVIJA
Ahora os tenéis que ir con él.

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
(A David Koluvija) ¡Usted es un miserable!

IONA PAPADOPOULOS
Por favor, no (se tira a los pies de David Koluvija).

EVANDER SIFAKIS
(Sacando un revolver de uno de sus bolsillos) No monten escenas.

IONA PAPADOPOULOS
Este es el final (llora).

(Apóstoles salta sobre Evander y le golpea la cara. Evander pierde el control de su arma en un forcejeo, pero Apostolos es lanzado al suelo con un golpe de sartén muy contundente que le da David Koluvija. Iona se abalanza a abrazar a su hermano para protegerlo).

EVANDER SIFAKIS
(Apuntando con la pistola) Levantaos y andando.

(Los dos jóvenes lloran abrazados en el suelo. David Koluvija los levanta con violencia del suelo y los arroja hacia la puerta).

EVANDER SIFAKIS
(Haciendo un gesto con la pistola). Vamos.

(Los dos hermanos salen al exterior mirando hacia la casa y seguidos de Evander, quien se vuelve antes de salir del todo)

EVANDER SIFAKIS
(A David Koluvija) Trae la pala.

(Los hermanos Papadopoulos salen encañonados por los hermanos, Apostolos se ha repuesto y está altivo, ella sigue llorando abrazadísima a él)

APOSTOLOS PAPADOPOULOS
(gritando desde fuera) ¡Es usted un traidor y un miserable! ¡Le fusilarán, Koluvija!

(David Koluvija cierra la puerta, desde fuera aún se oyen los sollozos de Iona y las protestas de Apostolos, que comienza a tatarear una canción griega. David Koluvija mira por la ventana. Se agazapa cuando los gritos de la hermana ahogan el cántico del joven. Se oyen dos disparos. Luego una pausa y otros dos disparos.)

DAVID KOLUVIJA
En las nucas.

(Se va hacia la leñera y desaparece por esa puerta.)


ESCENA NOVENA

(Es de noche. Vuelve a nevar. David Koluvija entra por la puerta que daba a la calle. Lleva la pala con restos de tierra y nieve. Su ropa también está nevada. Deja un fajo de billetes sobre la mesa y se mete en la leñera para dejar la pala se queda sola Melanija. Se levanta y enciende una lamparita de mano antigua).

MELANIJA KOLUVIJA
(Apagada) Como con su hermano.


(Se baja el telón. Fin de la obra).


Por Daniel L.-Serrano “Canichu”. Alcalá de Henares, 16 de julio de 2014. Publicado en Noticias de un Espía en el Bar, con motivo del 100 aniversario del comienzo de la Primera Guerra Mundial (1914-1918).